Jugué Star Wars Galactic Racer y me encontré con la mayor sorpresa de la franquicia en años: una mezcla de carreras y roguelite que vale cada segundo

Star Wars Racer
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Ayax Bellido

Coordinador Editorial
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Ayax Bellido

Coordinador Editorial

Escribo sobre videojuegos. Coordinador Editorial en 3DJuegos México. ¡Llegó el momento de la espada y el hacha, llegó el momento de la locura y el desdén!

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Vaya sorpresa que ha sido Star Wars Galactic Racer. La verdad es que desde el tráiler se veía bastante bien, pero entre lucir bien en un méndigo avance y entregar la experiencia prometida siempre se cae la sopa. Y aquí la realidad es que estamos ante un juegazo.

No es perfecto y trae varias cosas que no esperábamos encontrar en un juego de carreras, algunas para bien y otras para mal. Pero, en conjunto, le inyecta vida a una categoría que, fuera de Forza Horizon, llevábamos demasiado tiempo viendo apagada: las carreras arcade. Así que quédense, porque les vamos a explicar por qué Star Wars Galactic Racer nos gustó tanto.

Carreras de Star Wars al estilo Bournout

Star Wars Galactic Racer retoma la idea de Star Wars Episodio I Racer, pero va mucho más allá de esos trineos jalados por motores. Aquí también compites con otros vehículos del universo de Star Wars y, de hecho, pasas mucho más tiempo al volante que de los propios podracers, que cobran protagonismo casi hasta el final de la campaña.

Las cuatro clases principales son landspeeder, speeder bike, skim speeder y, justamente, podracer. Y cambiar de una a otra se siente bien diferente. El peso, la potencia y, sobre todo, la manera de tomar las curvas hacen que valga la pena experimentar con cada categoría. Pasar de un landspeeder más pesado, pero capaz de derrapar a una speeder bike súper ligerita, pero alocada, es súper satisfactorio; mientras que el skim speeder exige otra forma de aprovechar las curvas porque puede volar de ladito. Aprender a dominar esas diferencias es uno de los primeros grandes aciertos del juego.

Pero tener varios tipos de vehículo era lo mínimo necesario, la gran sorpresa es la estructura: Galactic Racer mezcla carreras arcade con elementos de roguelite. Es una combinación que la neta jamás esperamos y que aquí está integrada de una manera bastante interesante.

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El juego ofrece varias modalidades, pero el alma de la experiencia es la campaña. Aquí adoptamos el papel de Shade, un piloto con cuentas pendientes con Kestar Bool, el campeón de la Liga Galáctica y un villano bastante simplón, la verdad. Pero esa rivalidad sirve como pretexto para llevarnos por tres actos, divididos en bloques de carreras a través de distintos planetas.

Entre un mundo y otro haces escala en pequeños hubs que puedes explorar a pie, y ese es otro de los detallitos chulos que no veíamos venir. Ahí conoces personajes que influyen en tu recorrido: te ofrecen misiones, patrocinios y reparaciones, o te meten en pequeñas historias paralelas. Son pausas que le dan personalidad a la aventura y hacen que la campaña tenga bastante más vida que una simple sucesión de carreras que sería lo típico.

Pero lo que realmente cambia la experiencia es que cada acto funciona como un recorrido independiente: si quedas eliminado por chocar demasiado o no terminar entre los primeros lugares, tienes que volver a empezarlo completito. Sobra decir que eso le imprime tensión a cada prueba, porque estás tratando de mantener vivo un intento en el que llevas varias carreras invertidas y pues también tiempo.

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Y además hay pequeños detalles que hacen que cada momento tenga algo sabroso, algo diferente. Conforme incorporas mejoras al vehículo, por ejemplo, el arranque incluye un minijuego de secuencias de botones como las de Helldivers. Si las completas rápidamente, sales con ventaja. Y si sufres una avería durante la carrera, puedes repararla con una especie de recarga activa, donde acertar te permite recuperarte más rápido y recibir un impulso de velocidad. Entonces la cosa no nada más es correr e ir en chinga, sino también hay otros elementos que juegan en la experiencia.

Por supuesto, también están los derribos al estilo Burnout: puedes estampar a un rival y verlo explotar en cámara lenta, aunque también te puede tocar embarrarte a ti. A eso se suman circuitos con rampas gigantescas y condiciones ambientales que afectan directamente la conducción.

En Ando Prime, el planeta de hielo, el frío puede hacer que pierdas el control del vehículo, así que debes atravesar unos arcos de fuego para mantenerlo caliente. En otros mundos, pasar sobre lava o ácido puede dañarlo e incluso destruirlo. Cada escenario exige que estés pendiente de por dónde conduces y también qué mejoras o habilidades puedes usar para contrarrestar estos obstáculos.

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Un mundo más allá de las carreras y desafio tipo roguelite

Antes de competir también puedes apostar dinero con otros corredores, añadiendo otro aderezo para hacer más sabrosa la experiencia. Así que, aunque los mismos planetas se repiten a lo largo de los tres actos, entre las mejoras, las apuestas, los peligros y esas pequeñas mecánicas, siempre hay algo que mantiene las cosas dinámicas y fresquesitas, y la neta nada de esto era algo que imagináramos que el juego iba a tener. Pensamos que sería Burnout con naves y punto.

Y también están los personajes, claro. Darius Pax, el fundador de la Liga Galáctica, es quien te ayuda a abrirte paso para entrar a la competición, que es el eje del primer acto. Está Hibi, una simpática alienígena de aspecto simiesco y cuatro brazos que te vende piezas y mejoras para el vehículo. También encuentras a un comerciante de dos cabezas que ofrece piezas experimentales y reparaciones, además de patrocinadores que te ponen objetivos y te recompensan por cumplirlos.

Lo interesante es que varios de ellos tienen pequeñas historias que se cruzan con tu recorrido. Puedes conversar nada más, pero también aceptar sus propuestas o rechazarlas, y esas decisiones tienen consecuencias durante la gira. Hay rivales que te retan directamente y personajes que te ofrecen probar vehículos experimentales. Incluso Sebulba, el rival de Anakin en las carreras de Episodio I, tiene su propio arco. Todo esto ayuda a construir la sensación de que formas parte de una comunidad de corredores, con sus intereses, sus rivalidades y sus pequeñas transas.

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Ahora, hasta aquí todo bonito y hermoso, pero Galactic Racer no es perfecto ni necesariamente es para todos. Para empezar, no es un juego simple. Eso puede ser una virtud, pero también una lata, porque reúne tantos sistemas de progresión que durante las primeras horas, la neta no sabíamos ni qué estábamos entendiendo qué servía para qué.

Tienes puntos para mejorar las estadísticas del vehículo, efectos pasivos que metes después de competir y poderes activos que compras o recibes como recompensa para utilizarlos durante las carreras. Estos últimos son bastante interesantes: cuando reúnes varios y empiezas a combinarlos, te hacen sentir como el piloto de una nave, con distintos sistemas que administrar mientras conduces, y eso está padre. Como que estás moviendo perillas y switches durante la carrera.

Pero encima están los estilos de corredor que eliges al comenzar una gira y los favores de ciertos personajes, cuyos beneficios pueden afectar el recorrido completo. Entonces siempre estás progresando, pero cuesta llevar un registro mental de qué estás mejorando, qué conservas al final y qué funciona solamente durante ese intento. Todo junto puede resultar agobiante, especialmente al principio.

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Por otro lado, la estructura roguelite también tiene su cuota de frustración, sobre todo a partir del segundo acto. No es fácil sacarles una ventaja a los rivales, y cuando llegas a la carrera de campeonato que cierra cada acto, la posibilidad de perder pesa un montón: estás arriesgando una gira que puede haberte tomado alrededor de una hora. Esa presión te pone tenso, te puede hacer cometer errores y, si fallas en la prueba decisiva, toca repetir el recorrido completo. Las primeras veces que reinicias dices “bueno, normal”. Pero si sigues perdiendo y reiniciando, sí te pueden dar ganas de aventar el control y arrancarte los pelos de la axila.

Pero la verdad es que, en el balance general, esas cositas pesan poco frente a lo que ofrece el juego. Su estructura se siente fresca y, durante la mayor parte de la experiencia, sorprende para bien.

Pasando al apartado técnico, aquí encontramos otra virtud muy cañona. Los gráficos son un maldito majar y la dirección de arte aprovecha súper bien la identidad de Star Wars. Los escenarios, los vehículos y la calidad de los acabados hacen que todo luzca impecable. Y el rendimiento, durante nuestra experiencia en una Play base, estuvo a la altura: algo indispensable en un juego que exige reaccionar a estas velocidades.

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El audio también es magnífico. Se percibe la potencia de los motores, la contundencia de las explosiones y cada efecto de las habilidades especiales. La música orquestal, tan característica de Star Wars, aparece cuando hace falta y acompaña muy bien la acción.

Si nos ponemos quisquillosos, quizá la destrucción de los vehículos podría ser más moderna. Aunque los derribos recuerdan a Burnout, aquí las máquinas tienden a desarmarse en el aire como si fueran LEGOs, en lugar de mostrar una deformación con físicas acá, más locochonas. Pero esto es un detalle menor dentro de un apartado técnico que, en conjunto, es chulo, chulo.

También hay bastante variedad de modalidades. Como dijimos, la campaña es el eje, pero Escenarios permite disfrutar esa estructura en porciones más pequeñas y con menos en juego. Puedes disputar un bloque de cuatro o cinco carreras en un solo planeta y terminar ahí. Es una manera de disfrutar pequeños fragmentos de la experiencia sin comprometerte con una gira completa.

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Por su parte, Arcade reúne principalmente retos contrarreloj que vas encontrando mediante los personajes de la campaña, con diferentes vehículos y en distintos mundos. Entre ambas modalidades tienes alternativas para seguir jugando cuando buscas algo más breve, variado y simple.

Y el multijugador también nos pareció muy bueno. Es una especie de síntesis de la campaña: pequeñas giras con varios jugadores, incluido tú, donde disputas una carrera por planeta hasta llegar a la prueba de campeonato. En las giras que jugamos, el recorrido rondaba las cinco carreras. Puedes apostar por la posición en la que crees que vas a terminar y, entre carreras, recibes mejoras para desarrollar rápidamente tu vehículo.

Al final, tus resultados en las distintas pruebas determinan tu posición general, mientras que la experiencia obtenida alimenta los desbloqueos y te va subiendo de nivel. Durante nuestras partidas no tuvimos problemas de lag ni contratiempos técnicos. Se siente divertido y justo, y si le has dedicado un buen rato a la campaña, notas que esa práctica te sirve para competir contra otras personas.

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Una pequeña crítica adicional está en la personalización, tanto del piloto como de los vehículos. Hay patrones, combinaciones de colores y distintos acabados de óxido que permiten darles tu toque, pero las opciones se sienten medio básicas frente a la profundidad que ofrecen otros juegos de carreras. Son suficientes para variar la apariencia, pues, pero este apartado tiene bastante margen para crecer.

Al final de la gira, Star Wars Galactic Racer es un juegazo y una incorporación muy bienvenida a las carreras arcade. Se nota que Fuse Games no se conformó con lo básico. En prácticamente cada elemento buscó poner un toquecito de frescura o profundidad para mantener viva la fantasía de ser un piloto dentro de este universo.

Entonces por sus valores técnicos, su variedad, su estructura y su presentación, ofrece una experiencia extraordinaria para los aficionados a las carreras y a Star Wars. La progresión puede ser abrumadora al inicio, y perder una gira avanzada puede frustrarse, pero esos detallitos pesan poco frente a lo satisfactorio que es competir.

¿Vale la pena?

En un año menos saturado de súper lanzamientos, quizá tendría más posibilidades de destacar en la conversación por el juego del año. Aun así, merece estar en esa discusión y, para nosotros, ya es un favorito para llevarse el reconocimiento al mejor juego de carreras, o de deportes, según cómo se organicen los premios. Por todo eso, le damos un 90 sobre 100: una experiencia sorpresiva, fresca y, sobre todo, muy divertida.


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