Crecí en los mágicos 90's, una época en la que hablar de videojuegos en México implicaba, casi siempre, hablar de limitaciones. No todos tenían acceso a consolas como el Game Boy, y en ese contexto, el primer acercamiento al juego portátil de toda una generación no llegó desde una tienda departamental ni como un regalo de lujo; lo hizo desde un tianguis, envuelto en plástico delgado, con colores brillantes y una promesa impresa: más de mil juegos en un solo dispositivo.
Esa consola era la Brick Game, aunque en realidad nadie la llamaba así. Para nosotros era simplemente “la maquinita de Tetris”. Recuerdo perfectamente la primera vez que tuve una de aquellas máquinas en mis manos: ligera, de plástico resistente, con botones duros y un sonido agudo que parecía más una alarma que una experiencia de entretenimiento. Sin tutoriales ni configuraciones complejas, solo había que encender, elegir uno de los juegos y empezar.
Brick Game, la consola portátil de la gente
En aquellos años, mientras algunos hablaban de cartuchos y gráficos, otros encontrábamos en alternativas como la Brick Game una forma de pertenecer a ese mundo, aunque fuera desde otra dimensión. Su precio, que rondaba entre los 10 y 50 pesos, dependiendo el punto de venta, la convertía en una opción alcanzable para prácticamente cualquier familia.
Esa accesibilidad no fue un accidente. La proliferación de estos dispositivos fue consecuencia directa de un mercado saturado de clones tras la pérdida de control sobre los derechos de Tetris, lo que permitió que fabricantes genéricos produjeran versiones económicas que terminaron llegando a países como México a través del comercio informal.
En ese contexto, una máquina china apareció en nuestro mercado sin la oportunidad de tener una estrategia formal de distribución, por lo que se instaló en papelerías, mercados, farmacias y puestos de periódicos, formando parte de paisaje cotidiano de la ciudad de México.
La ilusión de los mil juegos
Uno de los recuerdos más claros que conservo es la fascinación que generaba el número impreso en la carcasa: "9999 in 1". Una promesa imposible, un slogan con trampa, aunque en la ingenuidad no dejaba de ser mágico pensar que ese pequeño aparato contenía más juegos de los que podríamos imaginar.
Pero sí, no eran miles de juegos distintos, sino variaciones de unos cuantos conceptos base: el juego 1 era Tetris normal; el 2 era Tetris empezando con basura; el 3 era Tetris a velocidad máxima; el 4 era Tetris con las piezas invertidas, y así sucesivamente. Sin embargo, lejos de sentirse como una decepción, ese sistema terminaba generando un tipo de desafío distinto.
Dentro del catálogo estaba, por supuesto, el clásico Tetris, acompañado de versiones rudimentarias de juegos como Snake, carreras en dos carriles, tanques formados por bloques o una reinterpretación minimalista de Frogger. Todo reducido a su expresión más básica.
Tecnología mínima, experiencia máxima
Desde un punto de vista técnico, la Brick Game era un ejercicio de simplicidad extrema. Su pantalla LCD no tenía píxeles en el sentido tradicional, sino segmentos predefinidos que se encendían o apagaban para formar figuras. No había retroiluminación, lo que implicaba jugar bajo la luz de una lámpara o incluso en la calle, aprovechando cualquier fuente de iluminación disponible.
El sonido era igualmente limitado: una serie de bips repetitivos que, con el tiempo, se volvían inconfundibles. Aún hoy, basta escuchar un tono similar para que la memoria regrese de inmediato a esas sesiones de juego. Funcionaba con dos pilas AA que, sorprendentemente, podían durar meses, convirtiéndola en una opción mucho más práctica que otras consolas de la época.
Pero si algo definía a la Brick Game era su resistencia. Recuerdo caídas constantes, tapas que se abrían, pilas que salían disparadas. Bastaba volver a ensamblarla, colocar las baterías y encenderla de nuevo para que siguiera funcionando. Era, en muchos sentidos, un dispositivo diseñado para sobrevivir a la infancia.
El icóno de toda una generación
Más allá de sus características técnicas, lo que realmente definió la experiencia de la Brick Game fue su integración en la vida cotidiana. Era el compañero perfecto para los trayectos largos, especialmente en transporte público. En mi caso, recuerdo usarla durante viajes en combi, donde el juego se convertía en la única herramienta de ocio.
También era un objeto social. No en el sentido moderno de conectividad, sino en la forma en que generaba interacción. Alguien siempre preguntaba en qué nivel ibas o cuánto tiempo habías resistido
Fue el icóno de toda una generación, pero el impacto de la Brick Game en México no puede entenderse sin considerar el contexto económico y social de los años noventa. En un entorno marcado por crisis económicas y desigualdad en el acceso a la tecnología, este dispositivo cumplió una función que iba más allá del entretenimiento: democratizó el acceso al videojuego.
Para muchos fue el primer contacto con conceptos básicos del gaming: perder, reiniciar, mejorar, insistir. El primer “Game Over” no ocurrió frente a una televisión, sino en una pequeña pantalla gris verdosa. Y eso marcó una forma de entender el juego que, de alguna manera, se mantiene hasta hoy.
Con la llegada de los teléfonos móviles, especialmente recuerdo aquellos de Nokia, y la integración de juegos como Snake, la portátil sensación de México comenzó a desaparecer gradualmente. Al mismo tiempo, las consolas portátiles de Nintendo se volvieron más accesibles, desplazando a estos dispositivos genéricos.
Sin embargo, su desaparición nunca fue total. La Brick Game ha regresado como objeto de nostalgia, como pieza de colección o incluso como un símbolo estético de una época, por lo que se llega a vender por más de 1500 pesos en plataformas como Mercado Libre. Su diseño, sus sonidos y su simplicidad siguen evocando una etapa en la que el entretenimiento no dependía de gráficos complejos ni de conexiones en línea, solo de esa satisfacción que daba completar un nivel perfecto.
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