Como muchos lectores ya sabrán, a inicios de 2026 me compré un Nintendo Switch Lite y desde entonces me he dado la oportunidad de probar algunas joyas que nunca había jugado de Nintendo. Y para mi fortuna, hace unos días Diego me prestó su copia de Animal Crossing: New Horizons, y ahora no sé si debería sentir agradecimiento o rencor hacia mi compañero de 3DJuegos, pues me he vuelto un completo adicto y no puedo parar de jugar. Pero, sobre todo, ahora entiendo por qué este título se convirtió en un fenómeno durante 2020.
Una joya de Nintendo que me tardé años en encontrar
La primera vez que escuché de Animal Crossing fue en Crisis Zone de Simon Hanselmann, en donde el autor volvía a Megg una adicta al juego de Nintendo. Después, en plena pandemia, me di cuenta de que realmente todo el mundo estaba jugando a ese título, y aunque lo intenté con Animal Crossing: Pocket Camp y fue una experiencia divertida, siempre me quedé con las ganas de probar New Horizons. Supongo que, seis años después, finalmente llegó mi momento.
Pues bien, ahora que ando viendo La Casa de los Famosos con mi esposa, me quise dar la oportunidad de jugar un juego que no fuera realmente invasivo con mi atención, que pudiera ir progresando poco a poco y que no me exigiera estar completamente concentrado durante horas. Cuando le comenté esto a Diego, tuvo la brillante (o terrible) idea de prestarme su copia y, desde entonces, no ha pasado un solo día sin que entre a mi isla, aunque sea durante unos minutos.
En muchos sentidos, Animal Crossing era exactamente lo que necesitaba: un juego cozy que no exigiera demasiado de mí, que fuera amable con mis tiempos y que, al mismo tiempo, me permitiera construir un pequeño mundo a mi gusto. Puedo cambiar la ropa de mi personaje, modificar mi casa, decorar cada rincón de la isla y decidir poco a poco qué quiero hacer con ella. No hay una urgencia real por avanzar ni una amenaza constante diciéndome que debería estar haciendo algo más importante.
Además de distraerme recogiendo caracolas, pescando, cazando insectos, visitando islas ignotas y conociendo gente bastante agradable, mi objetivo principal es convertir Thule (así se llama mi isla, por Ultima Thule) en un paraíso artístico a lo À Rebours o digno del mismísimo Capitán Nemo.
De momento, lo que más quiero es tener un museo verdaderamente a la altura, conseguir piezas artísticas que encajen con mi sensibilidad e incluso llenar mi casa con obras que amo del mundo real: pinturas del posimpresionismo, prerrafaelitas e incluso, si la fortuna se pone de mi lado, una cabeza olmeca. Puede parecer una meta bastante específica para un videojuego sobre animalitos que pagan hipotecas, pero precisamente ahí está buena parte de su encanto.
No sé cuánto tiempo estaré jugando Animal Crossing (supongo que el tiempo que Diego me preste su juego), pero sin realmente buscarlo, se ha convertido en ese lugar al que quiero regresar cuando el mundo exterior empieza a pesar demasiado.
Thule es pequeña, tranquila y completamente ajena a mis preocupaciones, un rincón al que puedo escapar unos minutos y simplemente estar. Y quizá eso era precisamente lo que millones de jugadores encontraron en 2020: un lugar al que podían ir cuando no había ningún otro sitio al que escapar.
Ver 0 comentarios