Me ha pasado que, por la edad o simplemente por falta de perspectiva (que muchas veces viene de ser demasiado joven), no logro reconocer cuando una obra tiene un valor mucho más grande del que aparenta. Eso fue exactamente lo que me ocurrió con Spec Ops: The Line, un juego que durante años vi como un simple clon de Call of Duty.
Sin embargo, con el tiempo, entendí que estaba completamente equivocado: debajo de esa fachada había una de las historias más inteligentes que ha dado el género, y gran parte de esa identidad nacía de su fuente de inspiración más importante: El corazón de las tinieblas, la brutal novela psicológica de Joseph Conrad.
Explorando la oscuridad del corazón del hombre
Desarrollado por Yager Development, Spec Ops: The Line llegó a PS3 y Xbox 360 en junio de 2012. A primera vista, parecía otro shooter militar al estilo de Call of Duty: rifles de asalto, coberturas, explosiones y una campaña lineal donde se avanzaba básicamente eliminando enemigos. Y, siendo honestos, si la comparación se limita al gameplay puro, Call of Duty seguía ofreciendo controles más refinados, un ritmo más espectacular y un diseño de combate superior.
Pero Spec Ops escondía algo que ninguna entrega de Activision se había atrevido siquiera a intentar: una historia con verdadera profundidad psicológica, escrita para cuestionar la moral de su jugador en lugar de hacerlo sentir un héroetodopoderoso. Para entender esta decisión primero hay que hablar de la obra que dio origen a todo, y es que Spec Ops: The Line bebe directamente de Apocalypse Now, la legendaria película de Francis Ford Coppola, que a su vez adapta El corazón de las tinieblas, la legendaria novela de Joseph Conrad.
La historia, en ambos casos, va de un hombre que se adentra cada vez más en un territorio devastado para encontrar a un comandante perdido. Pero lo que comienza como una misión aparentemente sencilla termina convirtiéndose en un descenso hacia la locura, la violencia y la pérdida absoluta de la humanidad. Conrad utilizó ese viaje para hablar de los horrores del colonialismo eurpeo y de la oscuridad que existe dentro del ser humano, Coppola trasladó ese mismo concepto a la guerra de Vietnam.
Un shooter que se atrevió a cuestionar el género desde dentro
Yager Development tomó esa estructura y la trasladó al mundo de los videojuegos. En Spec Ops la acción se desarrolla en una Dubái devastada después de una tormenta de arena catastrófica que aisló por completo la ciudad del resto del mundo. Allí, el coronel John Konrad (un homenaje explícito a Joseph Conrad) decidió ignorar las órdenes de evacuación para intentar salvar a la población junto con su batallón. Meses después, una misteriosa señal de auxilio lleva al capitán Martin Walker y a su equipo a entrar para rescatar a Konrad.
Acá lo interesante es que, a diferencia de la mayoría de shooters militares, Spec Ops jamás intenta hacerte sentir como un héroe. Al contrario: constantemente pone a prueba tu brújula moral obligándote a tomar decisiones terribles para poder seguir avanzando.
Conforme avanza la campaña, matar deja de sentirse como algo que solo haces "porque así es el juego" y se convierte en una experiencia cada vez más incómoda, rescatar personas termina provocando consecuencias y la obsesión de Walker por "hacer lo correcto" solo empeora la situación.
Ese deterioro psicológico también se refleja en el propio gameplay. Al principio, el protagonista da órdenes militares con calma, pero horas después grita lleno de ira, insulta a sus enemigos y ejecuta a los sobrevivientes con una violencia cada vez más brutal. Las pantallas de carga dejan de ofrecer consejos para disparar mejor y, en su lugar, empiezan a lanzarte preguntas como "¿Todavía te sientes como un héroe?". Todo está diseñado para que jugador y protagonista recorra un descenso progresivo hacia la culpa, la paranoia y la locura.
Lamentablemente, ni crítica ni jugadores terminaron de entender lo que Spec Ops: The Line intentaba hacer, lo que terminó reflejándose en un 72 de promedio en Metacritic. Comercialmente tampoco fue el éxito que esperaba 2K Games, vendiendo muy por debajo de las expectativas, el fracaso acabó congelando a la franquicia, que desde entonces permanece abandonada.
Paradójicamente, el paso de los años fue mucho más amable con el juego que su propio lanzamiento, y hoy es recordado como uno de los pocos shooters que se atrevieron a cuestionar el género desde dentro, utilizando sus propias reglas para hablar sobre lo terrible que en realidad puede ser la guerra.
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