El hardware de PC se compone de elementos sumamente delicados que, ante la más mínima alteración externa, pueden quedar defectuosos o disminuir su rendimiento. Esto ocurre habitualmente por variaciones en la corriente eléctrica o por la temperatura ambiente; sin embargo, por más extraño que parezca, también puede suceder al gritarles directamente. Este fenómeno fue descubierto hace 17 años por un ingeniero que se dio cuenta de que, al alzar la voz frente a un disco duro, este comenzaba a operar de forma más lenta en sus tareas de lectura y escritura.
El hallazgo quedó registrado en un video de 2008 protagonizado por Brendan Gregg, quien actualmente trabaja en OpenAI. En aquel momento, el ingeniero se dedicó a comprobar este mito gritándole directamente a un rack de servidores que operaba decenas de discos duros. A través de un monitor de rendimiento en pantalla, Gregg demostró cómo el grito aumentaba de forma inmediata la latencia de las unidades.
Vale la pena aclarar que este fenómeno afecta específicamente a los discos duros mecánicos (HDD), es decir, aquellos componentes que operan utilizando platos metálicos que giran a alta velocidad y cuentan con cabezales magnéticos para realizar los procesos de almacenamiento y lectura de datos.
La física detrás del fenómeno: ¿Por qué un grito ralentiza un disco duro?
Para entender por qué esta situación es una realidad técnica, es necesario analizar el funcionamiento interno de estas unidades. Los discos duros mecánicos cuentan con platos físicos que giran a velocidades que van desde las 5,400 hasta las 7,200 revoluciones por minuto. Aunque están completamente sellados para evitar que los agentes externos afecten su operación, su arquitectura interna es sumamente sensible.
Debido a la velocidad a la que giran los platos, cualquier perturbación física repercute de manera directa en la eficiencia del cabezal. Al hablar o gritar, las ondas sonoras emiten una vibración mecánica que, al hacer contacto con el chasis del disco duro, se transfiere a los componentes internos. Esta sutil interferencia obliga al cabezal de lectura a desalinearse de la pista de datos, ralentizando el proceso mientras el sistema intenta corregir su posición.
Para que este efecto ocurra, tal como se aprecia en el experimento de Brendan Gregg, es necesario estar a muy corta distancia del dispositivo. Las vibraciones de la voz humana necesitan una proximidad máxima y una intensidad considerable para lograr traspasar la carcasa metálica de la unidad, por lo que, si bien el mito es completamente real, se requiere un grito a quemarropa para alterar el rendimiento del componente.
Ver 0 comentarios