Dura solo 3 horas y es un golpe de nostalgia para la generación que creció en los 90's: ya jugué Mixtape y no creo que sea el juego que todo mundo dice

Dura solo 3 horas y es un golpe de nostalgia para la generación que creció en los 90's: ya jugué Mixtape y no creo que sea el juego que todo mundo dice

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Mixtape
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Ayax Bellido

Coordinador Editorial
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Ayax Bellido

Coordinador Editorial

Escribo sobre videojuegos. Coordinador Editorial en 3DJuegos México. ¡Llegó el momento de la espada y el hacha, llegó el momento de la locura y el desdén!

35 publicaciones de Ayax Bellido

Nuestra industria suele estar dominada por videojuegos que buscan impresionar con gráficos imposibles, mapas gigantescos o sistemas tan complejos que parecen diseñados para consumir cientos de horas. Pero de vez en cuando -aunque cada vez más recurrentes afortunadamente-, aparecen propuestas como Mixtape, una pequeña aventura narrativa que llegó casi en silencio el pasado 7 de mayo a PC (Steam), PS5, Xbox Series X/S (disponible en Game Pass) y Nintendo Switch y que, contra todo pronóstico, terminó convirtiéndose en uno de esos títulos que generan conversación simplemente por cómo hacen sentir a quienes lo juegan.

Sin llegar al grado de revolucionar la industria, el juego se siente como algo diferente porque logra tocar una fibra emocional muy específica: la nostalgia de crecer en los años noventa, de escuchar música con audífonos puestos mientras el mundo parecía más pequeño y las despedidas todavía no tenían nombre. Pero... ¿en verdad es justificado todo el revuelo que se está generando en redes sociales, o es simplemente una sensación de añoranza que acompaña a toda una generación?

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Decir adiós nunca ha sido fácil

Desarrollado por Beethoven & Dinosaur y publicado por Annapurna Interactive, Mixtape es una experiencia corta, de apenas unas tres horas, que se mueve constantemente entre la aventura interactiva, la novela visual y el simulador contemplativo. La historia gira alrededor de tres amigos durante su última noche juntos antes de que sus vidas cambien para siempre. Stacey Rockford, la protagonista, está a punto de dejar su ciudad para perseguir sus sueños dentro de la industria musical; Cassandra se prepara para entrar a la universidad; y Slater, quizá el más melancólico del grupo, permanecerá atrapado en el mismo lugar mientras el resto avanza.

La intención es que la premisa sea sencilla e incluso familiar: Mixtape se aleja de las narrativas gigantescas y de una trama llena de giros espectaculares para apostar por algo más humano: recrear emociones concretas. El juego funciona como una colección de recuerdos encapsulados dentro de canciones. Cada momento importante de la amistad entre los protagonistas se convierte en una pequeña secuencia interactiva presentada como si fuera parte de una lista de reproducción cuidadosamente armada para esa última noche juntos.

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Ahí es donde el juego encuentra su identidad más fuerte. La música es prácticamente el lenguaje principal de toda la experiencia. Stacey rompe constantemente la cuarta pared para presentar las canciones que acompañarán cada recuerdo, como si el jugador estuviera escuchando una vieja cinta grabada a mano en algún cuarto adolescente lleno de posters, discos y fotografías olvidadas. Y aunque muchas de las canciones elegidas probablemente no sean reconocibles para todos los jugadores, el tono emocional que construyen termina siendo universal.

Y es que hay algo que Mixtape entiende muy bien sobre la adolescencia: muchas veces recordamos más cómo sonaban las cosas que lo que realmente ocurrió. Hay momentos en los que el juego simplemente deja que una canción avance mientras los personajes recorren calles, bajan una colina en patineta o contemplan un paisaje nocturno. Son escenas simples y minimalistas, pero capaces de despertar esa sensación extraña de melancolía que aparece cuando uno piensa en amistades que ya no existen o en lugares que dejaron de sentirse propios.

En ese sentido, el título recuerda muchísimo al cine coming-of-age de directores y guionistas influenciados por John Hughes. La comparación no es gratuita, pues toda la estética del juego parece diseñada para capturar esa mezcla entre emoción juvenil, incertidumbre y nostalgia que definió tantas historias adolescentes de finales del siglo pasado.

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Mixtape no oculta sus referencias; al contrario, las abraza constantemente. Hay una idealización evidente de esa adolescencia noventera donde las conversaciones parecían eternas, las despedidas tenían peso emocional y la música funcionaba como refugio emocional frente al caos del crecimiento.

Una propuesta artística muy particular y dudas sobre la jugabilidad

Visualmente, el juego también apuesta por construir una atmósfera muy particular. Sus escenarios están llenos de luces cálidas, tonos pastel y paisajes que parecen recuerdos borrosos más que espacios reales. Incluso el diseño de personajes, con animaciones deliberadamente limitadas en algunos momentos, busca transmitir esa sensación de estar observando memorias imperfectas. Sin embargo, ahí también aparece una de las críticas más recurrentes hacia el juego: el contraste entre ambientes fluidos y personajes animados a menos cuadros por segundo puede resultar incómodo después de varias horas.

Pero el verdadero debate alrededor de Mixtape no está en sus gráficos ni en su narrativa. La pregunta que más ha acompañado al juego desde su lanzamiento es otra: ¿realmente puede ser considerado un videojuego?

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Y es una discusión válida: la estructura jugable de Mixtape es extremadamente limitada. Gran parte de la experiencia consiste en caminar hacia adelante, observar escenas, escuchar diálogos y participar en pequeños minijuegos que rara vez representan un desafío real. Algunos quick time events son tan simples que prácticamente pueden completarse sin tocar un botón. No existe un estado de fallo, no hay consecuencias importantes y la interacción del jugador es mínima en comparación con otros títulos narrativos contemporáneos como Life is Strange o Lost Records por poner un par de ejemplos.

Eso provoca que algunas escenas emocionalmente importantes se sientan más observadas que vividas. Mientras otros juegos utilizan las decisiones o el fracaso para generar apego hacia sus personajes, Mixtape prefiere mantener todo bajo una lógica contemplativa. El jugador acompaña los recuerdos, pero rara vez interviene realmente en ellos.

Y aun así, quizá ahí reside precisamente lo más interesante del proyecto. Beethoven & Dinosaur parece mucho menos interesado en construir un videojuego tradicional que en experimentar con la idea de la memoria interactiva. Mixtape no quiere que el jugador supere desafíos; quiere que recuerde emociones. La experiencia está diseñada más como una cápsula sentimental que como un sistema de juego complejo.

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Eso explica por qué las opiniones alrededor del título han sido tan divididas. Para algunos jugadores, Mixtape es una de las experiencias más honestas y conmovedoras que han visto en mucho tiempo dentro del gaming independiente. Hay quienes conectan profundamente con su representación de la adolescencia, la amistad y el miedo inevitable de crecer. Especialmente para quienes crecieron en pequeñas ciudades o provincias, con música sonando todo el día en los audífonos y amistades que parecían eternas antes de que la vida adulta apareciera de golpe, el juego funciona casi como un viaje emocional directo al pasado.

Pero para otros, toda esa carga nostálgica no logra compensar la falta de profundidad interactiva. Algunos personajes, particularmente Slater y Cassandra, resultan interesantes gracias a pequeños detalles de su personalidad y conflictos internos, mientras que Stacey, la protagonista, en ocasiones puede sentirse menos desarrollada o incluso algo pesada emocionalmente. Además, la narrativa deja muchos espacios vacíos sobre el pasado y motivaciones de sus personajes secundarios, algo que en un videojuego suele sentirse más evidente que en el cine.

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Y tal vez esa es la mayor contradicción de Mixtape: es una obra creada por desarrolladores con enorme sensibilidad artística, una dirección visual muy cuidada y una identidad emocional clarísima, pero también un título que constantemente parece debatirse entre querer ser videojuego y querer ser película.

Sin embargo, reducirlo únicamente a sus limitaciones jugables sería injusto. Porque más allá de sus sistemas simplificados, Mixtape consigue algo que muchos títulos enormes jamás logran: quedarse dando vueltas en la cabeza después de terminarlo.

¿Vale la pena?

Mixtape es en esencia un juego habla sobre despedidas, sobre amistades que inevitablemente cambian y sobre ese momento extraño en el que la adolescencia termina sin pedir permiso. Habla de abandonar la zona de confort, de perseguir sueños sin tener certeza de nada y de mirar hacia atrás sabiendo que ciertos momentos jamás volverán a repetirse.

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Quizá por eso tanta gente está hablando de él pese a su perfil relativamente pequeño. Porque en una industria obsesionada con mundos infinitos, progresiones eternas y experiencias diseñadas para durar meses, este juego apuesta por algo mucho más sencillo: tres horas de emociones, música y recuerdos encapsulados dentro de una última noche entre amigos.

No es un juego perfecto y tampoco es para todos: sus limitaciones son evidentes y su falta de profundidad interactiva puede alejar a muchos jugadores. Pero también es cierto que pocas experiencias recientes logran capturar con tanta precisión esa sensación melancólica de mirar el pasado mientras el futuro empieza a acercarse demasiado rápido.


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