Jugué Ace Combat 8: Wings of Theve y es una de las grandes sorpresas del año. Una aventura de acción llena de reflexiones y gráficos de última generación

Jugué Ace Combat 8: Wings of Theve y es una de las grandes sorpresas del año. Una aventura de acción llena de reflexiones y gráficos de última generación

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Ace Combat 8 Resena
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Ayax Bellido

Coordinador Editorial
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Ayax Bellido

Coordinador Editorial

Escribo sobre videojuegos. Coordinador Editorial en 3DJuegos México. ¡Llegó el momento de la espada y el hacha, llegó el momento de la locura y el desdén!

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Desde la cabina de un avión de combate, el mundo parece inmenso y, al mismo tiempo, diminuto. Abajo quedan ciudades, ejércitos, océanos y fronteras; arriba, un cielo que parece no terminar nunca. En medio de ambos espacios está el piloto, suspendido durante unos minutos en una especie de vacío donde la guerra deja de parecer una disputa entre naciones y se convierte en una experiencia íntima. Esa sensación y esa idea es la que atraviesa buena parte de Ace Combat 8: Wings of Theve.

La nueva entrega de la saga no intenta reinventar aquello que convirtió a su predecesor en uno de los capítulos más queridos de la franquicia. Su apuesta es tomar esa fórmula, pulirla, hacerla más espectacular y, sobre todo, profundizar en las personas que existen detrás de los aviones. El resultado es un juego que puede ser tremendamente espectacular, exagerado hasta rozar lo absurdo y, al mismo tiempo, sorprendentemente reflexivo, con una campaña llena de preguntas complejas, aunque aquí solo hay una que verdaderamente importa: ¿vale realmente la pena el más reciente juego de una de las sagas más míticas de Bandai Namco?

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Narrativa: el cielo se convierte en una reflexión

Ace Combat 8: Wings of Thieves vuelve a llevarnos a Strangereal, ese universo que durante años ha servido como una especie de espejo deformado de nuestro propio mundo. Es la Tierra, pero no exactamente la Tierra que conocemos. Las fronteras son diferentes, los países tienen otros nombres y los conflictos pueden alcanzar dimensiones completamente desproporcionadas. Sin embargo, debajo de esa ficción existe una lógica política, militar y humana suficientemente reconocible como para que resulte sencillo entrar en ella.

Esta vez, la historia gira alrededor de Rex, un protagonista silencioso que termina heredando el indicativo de Jan Cope, un compañero caído en combate. Y es precisamente Cope quien consigue algo particularmente interesante: darle voz a un personaje que, en esencia, no habla. Su aparente espíritu acompaña a Rex durante la campaña, pero su presencia funciona menos como un recurso sobrenatural y más como una herramienta narrativa. Cope recuerda, reflexiona, cuestiona y reconstruye su propio pasado mientras observa a Rex continuar aquello que él dejó atrás. En determinados momentos parece estar hablando con el protagonista; en otros, directamente con el jugador.

Hay aquí una sensibilidad que recuerda inevitablemente a ciertas reflexiones existencialistas y, por momentos, a la literatura de Dostoyevski: hombres enfrentados a circunstancias que los superan, obligados a encontrar algún sentido dentro de un sistema construido alrededor de la violencia. La guerra no aparece solamente como un escenario para disparar misiles, sino como una fuerza capaz de transformar relaciones, identidades y destinos.

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Rex forma parte de las Alas de Theve, una tripulación de vuelo legendaria que intenta reconstruir la Federación de Usea Central después de que el territorio haya sido ocupado por Sotoa. El conflicto tiene una motivación sencilla, pero suficientemente sólida: la rápida industrialización ha vuelto estéril e inhabitable buena parte del territorio de Sotoa, por lo que su supervivencia depende de apropiarse de tierras fértiles pertenecientes a otros.

La guerra, entonces, no aparece como un simple enfrentamiento entre buenos y malos. Es el contexto que permite que los personajes se conozcan, se pierdan y construyan vínculos mientras todo lo que consideran estable puede desaparecer en cuestión de segundos. Y ahí está la mayor virtud narrativa de Ace Combat 8: sus personajes.

La mayoría comienza siendo prácticamente desconocidos y terminan formando relaciones que se sienten construidas durante el conflicto. En el aire y en tierra, los integrantes de Joker Flight van desarrollando una camaradería que no depende únicamente de sus personalidades, sino de aquello que viven juntos. Tasha, Baxter y el resto del escuadrón tienen una presencia que puede resultar exagerada, particularmente por la influencia evidente del anime y el shonen, pero también consiguen convertirse en figuras reconocibles. Son pilotos que podrían pertenecer perfectamente a una producción como Top Gun, aunque filtrados por la sensibilidad y la escala absurda de Ace Combat.

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El problema es que algunos personajes parecen pedir más tiempo del que el juego está dispuesto a concederles. Sus evoluciones son interesantes, pero en determinados casos da la impresión de que apenas alcanzamos a conocerlos antes de que la historia tenga que avanzar. Ese tono juguetón tipo shonen también genera algunos de los mayores contrastes del juego: hay momentos terriblemente sombríos en los que Rex puede derribar decenas de enemigos y, al mismo tiempo, Tasha está haciendo bromas o pidiendo una canción para la radio. Los típicos gruñidos, suspiros y exageraciones vocales del anime aparecen constantemente y forman parte de la identidad del juego.

Algo similar ocurre con el sistema de red social integrado en la historia. La idea pretende reforzar la conexión entre personajes y mundo, pero su presencia resulta menos natural que el resto de los elementos narrativos. Es uno de esos componentes que parecen diseñados para un videojuego contemporáneo antes que surgir orgánicamente de la historia.

La estructura de las cinemáticas tampoco siempre ayuda. Son escenas largas en las que el jugador puede mover la cámara, pero prácticamente no tiene capacidad de intervenir. Existen ocasionales decisiones de sí o no, aunque sus consecuencias no parecen alterar demasiado la experiencia. Paradójicamente, estos problemas pesan menos conforme avanza la campaña. Las mejores partes de la historia llegan cuando todos los elementos empiezan a converger y la relación entre los personajes, la guerra y las reflexiones de Cope adquieren mayor fuerza. El resultado es una historia simultáneamente disparatada y seria, ficticia y realista. Una mezcla que en la teoría no debería funcionar tan bien como lo hace en la práctica.

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Jugabilidad: el combate sigue siendo el corazón de la saga

Si algo podía poner en riesgo una nueva entrega de Ace Combat, era intentar modificar demasiado aquello que ya funcionaba. Afortunadamente, Ace Combat 8 entiende que no necesita hacerlo. La estructura fundamental permanece intacta: pilotamos aviones de combate con una aproximación claramente arcade, aunque con suficientes elementos de realismo para conseguir que cada enfrentamiento tenga peso. Hay diferentes perspectivas, incluida una vista de cabina, la del frente del avión y una en tercera persona donde podemos ver completa nuestra nave que, en esta ocasión, terminó siendo mi elección definitiva.

El juego permite utilizar controles de vuelo realistas o un esquema más arcade. Con los primeros, por ejemplo, es necesario colocar correctamente el avión para realizar determinadas maniobras. Con el sistema arcade, el giro resulta mucho más accesible. Personalmente, la opción realista aporta una sensación mucho más satisfactoria pero también puede provocar que uno se pierda literalmente en el cielo y el mar más veces de las que quisiera admitir, pero supongo que esa dificultad forma parte del encanto. No les voy a mentir, las primeras horas me las pasé mareado, hasta que logré dominar por completo los controles. Para quien quiera una experiencia más narrativa y de acción, el modo arcade es perfecto para disfrutar la experiencia.

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La estructura de progresión también es familiar. Las misiones otorgan puntos dependiendo del rendimiento y de la calificación obtenida, y estos recursos permiten desbloquear nuevos aviones, armas y mejoras a través de un árbol de habilidades. La variedad de aeronaves es considerable. Hay modelos reconocibles como los F-22 Raptor, F-15, F-16, distintos MiG y Sukhoi, Mirage 2000, Eurofighter o Rafale, entre muchos otros. También aparecen aeronaves ficticias, todas con un nivel de detalle que demuestran el cariño que los desarrolladores le tienen a los aviones.

Cada avión puede utilizar hasta dos armas especiales y las necesidades cambian dependiendo de la misión. Algunas exigen concentrarse en objetivos terrestres; otras requieren armamento de aire. Esa variación es importante porque evita que la campaña se convierta en una sucesión mecánica de derribar aviones enemigos.

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A lo largo de toda la campaña nunca tuve la sensación de que el combate se volviera verdaderamente repetitivo. Destruir un objetivo sigue siendo satisfactorio y el sistema de puntuación consigue convertir incluso una misión aparentemente sencilla en una búsqueda constante por conseguir una mejor actuación. Las misiones también saben complicarse. Una operación puede comenzar como una misión de destrucción convencional y terminar incorporando otro tipo de objetivos, combates masivos o enfrentamientos contra jefes.

El multijugador es una extensión interesante de esta fórmula. Los combates por equipos y todos contra todos son particularmente satisfactorios porque consiguen trasladar al entorno competitivo buena parte de aquello que funciona en la campaña. Además, existen suficientes elementos de personalización como para imaginar una comunidad que pueda permanecer activa durante bastante tiempo. El problema es el contexto: el mercado multijugador está extraordinariamente saturado y no resulta sencillo saber cuánto tiempo estarán dispuestos los jugadores a invertir en un título donde una partida puede superar con facilidad los 15 minutos.

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El trabajo en equipo, eso sí, se siente bien. Y esa sensación es probablemente más importante que la cantidad de modos disponibles, porque algunos de ellos parecen más destinados a justificar contenido adicional y un pase de batalla que a convertirse en pilares fundamentales de la experiencia.

Rendimiento: espectáculo aéreo de nueva generación

Si la narrativa encuentra en el cielo una metáfora de la soledad, el apartado visual convierte ese mismo cielo en uno de los protagonistas de Ace Combat 8. El juego es simple y sencillamente espectacular tanto en su fidelidad gráfica como en su dirección artística. Hay momentos en los que resulta difícil distinguir si estamos viendo una representación digital extremadamente detallada o una imagen capturada de la realidad, sobre todo cuando nos toca por paisajes como montañas nevadas o el inmenso mar que refleja los rayos del sol.

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Y es que si bien los personajes principales presentan un nivel de detalle satisfactorio,  es en los escenarios donde el juego termina de convencer. Ciudades como Theve pueden contemplarse desde la distancia y, aun así, transmiten una cantidad enorme de información visual. Las nubes, el agua, la iluminación, las explosiones, las partículas y los efectos atmosféricos trabajan conjuntamente para construir una sensación de escala pocas veces vista en la franquicia. Y existe una razón adicional para destacar todo esto: el jueo está hecho en Unreal Engine 5.

En una PS5 estándar, el rendimiento resulta sorprendentemente sólido. Durante la experiencia, el juego se mantuvo por encima de los 60 fotogramas por segundo incluso en enfrentamientos especialmente intensos y cargados de efectos. Las únicas caídas apreciables se produjeron en determinadas cinemáticas, pero lo importante es que el rendimiento no parece convertirse nunca en un obstáculo para la jugabilidad.

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Y eso es especialmente relevante en un juego donde la velocidad importa tanto. Un combate aéreo necesita precisión, respuesta inmediata y estabilidad. Cuando decenas de aeronaves, explosiones y partículas ocupan simultáneamente la pantalla, cualquier problema de rendimiento podría afectar directamente la experiencia. No ocurre aquí.

También mención honorifica para la banda sonora y los efectos de sonido. Ambos elementos ayudan a que la inmersión en el juego sea total: las canciones acompañan a la perfección las escenas de acción y refuerzan el carisma de los personajes, mientras que el rugir de las turbinas, los disparos, el sonido de las explosiones y las pláticas a través de la radio aportan un sensación de realismo muy especial.

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¿Vale la pena?

Ace Combat 8: Wings of Theve es, en esencia, una evolución palpable para la saga. No intenta negar aquello que la ha hecho grande y mantiene la misma estructura reconocible, pero la lleva al siguiente nivel. Mejora el combate, amplía su escala narrativa, desarrolla personajes más interesantes y encuentra en la inmensidad del cielo una forma inesperadamente efectiva de hablar sobre la soledad, la pérdida y el significado de participar en una guerra.

Puede ser excesivo. Puede ser absurdo. Puede pasar de una reflexión casi filosófica sobre la condición humana a una escena digna del anime más desbordado en cuestión de minutos. Pero esa contradicción también es parte de su identidad. Cuando Rex vuela sobre el océano, con el horizonte extendiéndose hasta perderse de vista, Ace Combat 8 encuentra algo que va más allá de su espectáculo militar. El cielo deja de ser únicamente el espacio donde combatimos para convertirse en refugio, prisión y hogar. Nosotros le dejamos una calificación de 90 y les decimos que definitivamente es un juego que vale la pena.

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