Un jugador mostró cuánto le costó a su padre comprar una Nintendo 64 en 1996, y reveló una verdad incómoda: las consolas siempre han sido caras en México

Un jugador mostró cuánto le costó a su padre comprar una Nintendo 64 en 1996, y reveló una verdad incómoda: las consolas siempre han sido caras en México

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Ayax Bellido

Coordinador Editorial
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Ayax Bellido

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Escribo sobre videojuegos. Coordinador Editorial en 3DJuegos México. ¡Llegó el momento de la espada y el hacha, llegó el momento de la locura y el desdén!

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Durante años hemos construido una especie de recuerdo colectivo alrededor de los videojuegos de los noventa. Pensamos en aquellos años y aparecen las tardes frente al televisor, los cartuchos que intercambiábamos con amigos, las revistas que comprábamos para descubrir secretos y, por supuesto, las consolas que parecían mucho más accesibles que las actuales. Es fácil mirar hacia atrás y pensar que antes comprar una máquina de videojuegos era un gasto importante, pero perfectamente razonable. Sin embargo, un simple recibo de 1996 acaba de recordarnos algo mucho menos nostálgico: en México, las consolas siempre han sido un lujo.

Las consolas nunca fueron baratas en México

El usuario de X, Diego Rocher, compartió recientemente una fotografía con un mensaje bastante sencillo: “Esto le costó a mi papá el Nintendo 64 con Mario 64 el 21 de octubre de 1996. 4300 pesos”. La imagen muestra un recibo de Tiendas Contino en el que aparece la compra de un Nintendo 64 acompañado de Super Mario 64 por esa cantidad. A primera vista, los 4,300 pesos pueden parecer una cifra relativamente modesta si la comparamos con lo que actualmente cuesta adquirir una consola nueva. Pero hay un problema con esa comparación: el dinero de 1996 no vale lo mismo que el de 2026.

De acuerdo con los datos de inflación utilizados para hacer la comparación mediante la calculadora oficial del INEGI, entre octubre de 1996 y julio de 2026 la inflación acumulada fue de 428.83%. Eso significa que aquellos 4,300 pesos equivaldrían aproximadamente a 18,404 pesos actuales. De pronto, aquella fotografía cambia completamente de significado.

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Ya no estamos viendo una consola “barata” comprada hace treinta años; estamos viendo un producto que, trasladado al poder adquisitivo actual, representaría un desembolso superior al precio de una Nintendo Switch 2 acompañada de Mario Kart World Tour, la cual puede conseguirse hasta por 10,600 pesos actualmente, antes de que suban de precio el próximo mes de septiembre.

Y aquí es donde la nostalgia puede jugarnos una mala pasada. Tenemos la tendencia a recordar cuánto costaban las cosas, pero no necesariamente cuánto representaba ese dinero para una familia. Decir que una consola costaba 4,300 pesos en 1996 no nos dice demasiado por sí solo. Para entender realmente el esfuerzo detrás de esa compra tenemos que trasladar la cifra al contexto económico actual. El resultado es bastante revelador: el Nintendo 64 no era una compra cotidiana ni mucho menos. Era una adquisición importante, probablemente una de esas decisiones que requerían ahorrar, esperar una fecha especial o hacer un esfuerzo considerable dentro del presupuesto familiar.

También conviene recordar qué significaba comprar videojuegos en aquella época. No existían las enormes bibliotecas digitales que hoy podemos acumular con descuentos, suscripciones o promociones. El modelo dominante estaba basado en adquirir hardware y después comprar juegos físicos que podían representar otro desembolso considerable. La barrera de entrada, por lo tanto, no terminaba en la consola: había que pagar por los juegos, accesorios y, eventualmente, por otro televisor o controles adicionales si la familia quería convertir aquella máquina en una experiencia compartida.

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No todos tenían acceso a los videojuegos en los noventas

Esto también desmonta una idea bastante extendida entre los jugadores veteranos: que antes “todos podían tener una consola”. La realidad probablemente era mucho más compleja. Quizá lo que cambió no fue únicamente el precio de las máquinas, sino nuestra percepción sobre ellas.

Para una generación que creció con un Nintendo 64, PlayStation o Super Nintendo, resulta fácil recordar la consola como parte natural de la infancia. Sin embargo, que un niño tuviera acceso a ella no significa que fuera un producto económico. En muchos hogares representaba precisamente un esfuerzo que los padres hacían para que sus hijos pudieran disfrutar de ese entretenimiento.

Hoy tendemos a discutir constantemente si las consolas modernas son demasiado caras, y existen buenas razones para hacerlo. El hardware actual puede alcanzar precios elevados y los videojuegos de lanzamiento tampoco son baratos. Sin embargo, el recibo de Diego Rocher introduce una perspectiva que suele perderse en estas discusiones: quizá el verdadero problema no sea que los videojuegos se hayan convertido recientemente en un lujo, sino que nunca dejaron de serlo.

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La diferencia está en que ahora tenemos más formas de comprobarlo. Podemos tomar un recibo de hace treinta años, actualizar su valor mediante los datos de inflación y descubrir que aquella compra que nuestros recuerdos convierten en algo cotidiano habría supuesto hoy un gasto de alrededor de 18,400 pesos. No significa que una consola actual sea necesariamente barata ni que debamos aceptar sin cuestionamientos sus precios. Significa algo más sencillo y, al mismo tiempo, más incómodo: durante décadas, jugar videojuegos en México ha requerido una capacidad económica que no todas las familias han tenido.

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