A menudo, la emoción o el estrés de los videojuegos de fútbol pasa por simular la intensidad del choque con el rival, el rugido de las multitudes en la tribuna, el heroísmo de un gol tardío o la angustia de mentiras a la hora de tirar un penal definitorio para ganar la Champions o el Mundial. Pero el estudio de Polonia Triple Espresso concluyó que había una oportunidad en el hecho de ignorar buena parte de eso y enfocarse en un aspecto poco explorado en los videojuegos que es la angustia de organizar un evento de futbol, no tanto disputarlo directamente.
No podemos cuestionar la lógica de la desarrolladora, después de todo, si algo le falta a esta industria, especialmente en el ámbito deportivo, es frescura y variedad. El problema es que este negocio está lleno de buenas ideas que quedan cortas por una mala ejecución, y Copa City, al menos de momento, parece tropezar precisamente ahí.
Copa City y el futbol fuera de la cancha
Los juegos de simulación como este no son raros y, para ser justos, constituyen una verdadera rareza porque no apelan a la satisfacción muy de tripa por la que van los shooters, los juegos de pelea o los de carreras. Títulos como Zoo Tycoon, Jurassic World o Cities Skylines te llegan por un lado distinto, ese que te recuerda lo bien que te sentías al ver una maqueta cuando eras niño y podías mover los arbolitos o a los animales, o a las personitas. Es una fantasía de control, más que una de heroísmo.
Sin embargo, esta misma categoría ha evolucionado bastante para que ya no baste con una perspectiva cenital y una ciudad para sentirse plenamente entretenido o emocionado. Sí, ver edificios pequeñitos, gente pequeñita y estadios pequeñitos es algo muy agradable, ¿pero y luego? ¿Qué pasa con estos diminutos elementos que lo vuelve especial?
En Copa City adoptas el rol de un directivo de relaciones públicas, encomendado constantemente con la tarea de organizar partidos de fútbol de gran escala. Existen dos formas de abordar esta misión, aunque en esencia, son la misma: una campaña que incluye el tutorial de la experiencia y después te lleva por una secuencia de partidos de magnitud incremental; y una modalidad de duelo aislado, donde, como indica el nombre, te enfocas en un solo partido.
Organizar un partido de fútbol suena bastante simple, bastante directo, pero involucra un montón de mecánicas que resultan súper complejas porque no solo se trata de recibir a los fanáticos y acomodarlos en sus asientos. Copa City te pregunta qué hacen esos hinchas días antes del partido, cómo se entretienen y, de hecho, va mucho más atrás y te encomienda la tarea de lograr que estos fans lleguen al partido en la proporción correcta. El estadio viene mucho, pero mucho después.
Así las cosas, te tienes que hacer cargo de promocionar el partido en los países a los que pertenecen los clubes involucrados, y cuando empiecen a llegar los fans, asegurarte de que tengan comida suficiente, diversión suficiente y –muy importante también– seguridad suficiente.
Para brindar las comodidades necesarias, hace falta apropiarse de un montón de lotes baldíos y establecer en ellos desde food courts, hasta baños públicos, pasando por juegos tipo arcade, adornos y hasta booths para el reclutamiento de voluntarios o decoración de marcas para satisfacer a patrocinadores.
Hasta acá todo suena muy lógico y muy simple, pero en la práctica no lo es tanto. De cara al partido, van pasando algunos días y durante ese tiempo, debes cumplir con metas específicas que te permitan progresar, desbloqueando nuevos elementos para enriquecer tus fan-zones (por así llamarles) o cartas con beneficios, tipo perks que potencien la organización de tu evento.
El problema es que la secuencia de pasos requerida para lograr esa progresión no siempre es clara y si no entiendes completamente las cosas, puedes llegar a cuellos de botella que lleven al fracaso del partido. Hablamos de ese tipo de callejones sin salida donde entre A y B hay un elemento extra que el tutorial no explicó con suficiente detalle y que ahora ocasiona que no puedas empezar a vender boletos para los aficionados o que no puedas construir billboards para promocionar a una marca y así cumplir una misión secundaria, lo que lleva irremediablemente al fracaso.
Estos son solo un par de ejemplos, pero mientras jugábamos, más de una vez tuvimos que regresar al tutorial en busca de respuestas, en vez de encontrarlas mediante una experiencia de usuario un poco más… intuitiva.
Ahora bien, todo fuera como no entender bien, pero pasarla “bomba”, porque hay juegos en los que incluso el fracaso se recompensa con una cinemática increíble o con una situación catastrófica pero espectacular, un imprevisto de esos que te llevan al borde del asiento, aunque hagan las cosas más difíciles. Ya sabes, tipo “ufff, fallé en esto, y ahora se escaparon los dinosaurios y no paro de reír” o “no pude apagar el incendio y ahora mi ciudad está en llamas.” Es más, ni siquiera hace falta algo tan… grande. ¿Qué tal un “la estación de policía se ve fenomenal y ¡mira! hasta salen carritos de policía con sus sirenas encendidas!”. O “¡mira qué bien se ven esas urbes romanas en todo su esplendor!
Los videojuegos de todo tipo –no solo los de simulación– te venden fantasías de gran escala, pero sin darte cuenta, te están recompensando con cositas más chiquitas en el minuto a minuto, y creemos que es justamente ahí donde Copa City también falla. Sí, qué padre organizar un partido, pero qué hay que resulte realmente genial en el inter. La respuesta acá es, honestamente, no mucho. Irónicamente, Copa City cumple tan bien con su intención de simular ser un director de relaciones públicas, que por momentos se siente más como un trabajo a resolver, que como una experiencia a disfrutar.
Está chido ver a las huestes de aficionados caminando por aquí y por allá, el estadio lleno y todos los marcadores en verde. Pero es justo eso: este es un juego de marcadores, de tablas, de números, de jefes exigentes, de juntas directivas y de clientes a satisfacer, al punto en donde, a título personal y saliéndome del personaje, me trajo memorias medio incómodas de mis días en relaciones públicas. La presión del director, la presión de los clientes, las fechas límite, estar yendo contra reloj y el miedo a que no tengas suficientes generadores y los asistentes estén insatisfechos o, peor, que falte gente. Pasa en Copa City y pasa en la vida real, pero no en un modo agradable.
Ahora bien, toca hacer una distinción justa y esta es que Copa City tampoco es un título rotundamente malo. Tiene varias licencias que le imprimen mucha autenticidad. No es como que crashee constantemente o se sienta incompleto. Los gráficos son decentes y la presentación general, también. Estamos, más bien, ante un tema de conceptos, de lógica y de diferencias entre lo que los desarrolladores consideraron divertido y lo que la mayoría de los gamers realmente encuentra digno de inversión de tiempo y dinero. E incluso ahí hay una coyuntura donde alguien o algunos pueden tener por sueño guajiro el gestionar la organización de eventos y entonces topen Copa City y digan “sí, esto es para mí”. Tristemente no somos nosotros.
Y otra atenuante. En esta era de juegos como servicio, Copa City todavía tiene ante sí la oportunidad de reinventarse con el tiempo, de meterle carnita a su mundo y a su experiencia y convertirse en algo realmente dinámico y excitante. Cosa que no es justo ahora. Los cimientos ahí están.
Hay una propuesta original que, sobre el papel, entiende que el deporte no empieza cuando rueda el balón, sino mucho antes, en las calles, en los traslados, en las tribunas y en todo ese caos invisible que permite que un partido exista.
El problema es que Copa City todavía no convierte ese caos en diversión. Tiene sistemas, tiene presión, tiene objetivos y tiene una fantasía poco explorada, pero le falta alma, claridad y recompensa emocional. Hoy se siente más como administrar pendientes que como vivir la euforia previa a un gran partido.
Quizá con el tiempo encuentre ese equilibrio entre gestión, espectáculo y personalidad. Pero, por ahora, Copa City es uno de esos juegos que uno quiere que funcionen mejor de lo que realmente funcionan. Una buena idea, sí; pero una que todavía necesita entender que organizar la fiesta también debería sentirse como PARTE de la fiesta.
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