A finales de la década de los ochenta, cuando el gaming pasaba su más densa etapa de pubertad, Philips, la misma empresa que al día de hoy reconocemos por sus televisores, equipos de sonido o licuadoras, trató de incursionar en el mercado de las consolas.
Y la verdad es que les fue muy mal, ¿pero cómo llegó la compañía neerlandesa a crear hardware diseñado para jugar, e incluso, escuchen bien: poseer un título exclusivo de Zelda? Ya se están tardando las productoras en sacar una peli basada en la caótica historia de esta consola.
Debatiéndose entre Sony y Nintendo
Mucho antes de crear su propia consola, pero como origen de esta misma, tenemos que hablar de Philips y su asociación con Sony. A mediados de los años 80 ambas compañías revolucionarían para siempre la industria del entretenimiento con el CD de audio, un formato que cambió por completo la forma de consumir música.
Tras el éxito de este nuevo formato digital, la siguiente gran pregunta era obvia: ¿qué más podía hacerse con el CD? Y mientras Sony comenzó a interesarse cada vez más en el potencial puro de los videojuegos (pronto sacaría a la venta el legendario PS1), Philips se obsesionó con la idea de una plataforma multimedia interactiva, lo que provocó distancia entre ambas desarrolladoras.
En paralelo, Nintendo estaba buscando un lector de CD para el Super Nintendo y, tras romper de forma histórica su acuerdo con Sony, se acercó a Philips en el CES de 1991. La relación tampoco prosperó: Nintendo consideró que el formato no se adaptaba a su filosofía y terminó cancelando el proyecto.
Como compensación, permitió que Philips usara personajes como Link en Link: The Faces of Evil, Zelda: The Wand of Gamelon, y Zelda's Adventure, juegos exclusivos para su propio sistema: una condenada plataforma que nació bajo el nombre de Philips CD-i.
Le llegada del Phillips CD-i
Lo curioso es que cuando el Philips CD-i salió al mercado, su competencia no era realmente la Super Nintendo ni el SEGA Genesis. Su verdadero rival eran las computadoras, y es que Philips no quería vender su dispositivo como una consola tradicional, sino como un "revolucionario" centro multimedia.
Era una máquina pensada para reproducir música, enciclopedias interactivas, cursos educativos, películas e incluso navegación por Internet. En cierto sentido, intentaba hacer en 1991 lo que hoy hacen un PS5 o un Xbox Series: convertirse en el aparato total del entretenimiento. Sin embargo, su misma naturaleza, esa inconsciente ambición tecnológica por parte de Phillips chocó de frente con una ejecución desastrosa.
Un fracaso anunciado
El Philips CD-i era caro, confuso y poco funcional para jugar. Su precio de lanzamiento rondaba entre los 700 y 1000 dólares frente a los 200 que costaba el Super Nintendo, y por si fuera eso poco, su control parecía más el de una televisión que el de una consola: un rectángulo negro con infrarrojo tan impreciso que volvía cualquier juego una pesadilla.
Además, su procesador Motorola 68000 simplemente no estaba a la altura de la experiencia que prometía, especialmente cuando se trataba de manejar video. Philips tampoco supo cómo venderlo: no estaba claro si era una consola, una computadora, o un sistema para ver películas.
Y para cuando llegaron el Sega Saturn y el primer PlayStation, el CD-i ya parecía una reliquia de la antigüedad. Como era de esperarse, apenas logró vender alrededor de 570 mil unidades en todo el mundo. Hoy te las puedes encontrar de segunda mano en eBay, y como todo buen producto de colección, no importando si es francamente malo, lo encontrarás carísimo: las más baratas no no las encuentras por menos de 7 mil pesos.
Una buena idea, pionera en muchos sentidos, pero mala consola al fin y al cabo. Muchos recordarán a Phillips CD-i por sus horribles versiones de Zelda, otros tantos por su estrepitoso fracaso. Pero tampoco podemos negar que Phillips intento ver el futuro cuando este se encontraba aun a muchos años de distancia.
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