Este juego de futbol me dejó echar la reta entre el América y las Chivas en PlayStation, pero en relaidad nunca existió

Ayax Bellido

Coordinador Editorial

A principios de los años 2000s, cuando el nuevo siglo apenas comenzaba a acomodarse en la vida cotidiana de México, los videojuegos empezaban a sentirse como algo más que un simple entretenimiento. Para muchos de nosotros eran una especie de territorio compartido y una conversación entre amigos, primos y vecinos. Y en medio de ese despertar colectivo apareció una consola que cambiaría por completo nuestra forma de jugar: PlayStation.

Ingenio mexicano y juegos más baratos

Quienes habíamos crecido durante los noventa ya teníamos una relación previa con los videojuegos. En muchas casas mexicanas habían pasado consolas como la Nintendo Entertainment System -NES para los cuates-, que había enseñado a toda una generación a saltar, correr y competir frente al televisor. Otros, menos numerosos pero igual de entusiastas, también habían conocido propuestas más arriesgadas como el Dreamcast, una consola adelantada a su tiempo que no logró conquistar del todo el mercado latinoamericano.

Pero lo que ocurrió con la PlayStation fue un fenómeno cultural que se infiltró en los hogares mexicanos por una razón muy específica y muy conocida entre quienes vivieron aquella época. A la consola podía instalársele un chip.

Ese pequeño componente electrónico transformó por completo la experiencia. Con él era posible reproducir discos grabados, copias de juegos que circulaban por mercados informales, puestos callejeros y, sobre todo, en los tianguis. De pronto, el acceso a los videojuegos dejó de ser un lujo reservado a quienes podían pagar títulos originales importados. Con unos cuantos pesos, cualquiera podía salir de un puesto con una bolsa llena de juegos.

Fue en ese contexto donde muchos  fanáticos al futbol y los videojuegos descubrimos un fenómeno que nos marcó de forma concisa: jugar partidos de la liga mexicana dentro un videojuego de Konami: Winng Eleven.

La primera vez que pudimos jugar un América vs Chivas

El juego que dominaba las conversaciones entre quienes buscábamos simulaciones de futbol no era FIFA, pese a que esa franquicia tenía todas las licencias oficiales. El juego que realmente conquistaba a los jugadores más obsesivos era Winning Eleven, la versión japonesa del simulador que años después sería conocido en todo el mundo como Pro Evolution Soccer.

Para muchos, Winning Eleven tenía una jugabilidad mucho más precisa, técnica y cercana a la sensación real de controlar un partido. Era un juego que premiaba la estrategia y la paciencia, algo que los jugadores más dedicados apreciaban profundamente.

El problema era que aquel título llegaba a nuestras manos con una barrera considerable: estaba en japonés y apenas incluía selecciones nacionales o clubes europeos genéricos. No había rastro de los equipos que llenaban los estadios mexicanos cada fin de semana. Y, sin embargo, nosotros jugábamos con ellos.

La explicación de ese pequeño milagro tecnológico se encontraba en una forma temprana de modificación de videojuegos que hoy llamaríamos modding, pero que en ese momento simplemente conocíamos como “el Winning con la liga mexicana”.

Los discos que encontrábamos en los puestos no eran versiones oficiales, eran archivos del juego modificados por aficionados que habían aprendido a manipular los datos internos del título. Esas copias se grababan en discos CD-R y se vendían en portadas impresas en papel bond, muchas veces con diseños improvisados que mezclaban logos de clubes, fotografías recortadas y títulos llamativos.

El proceso, según supe después, era completamente artesanal. Algunos editores abrían los archivos del juego en computadoras personales y modificaban los nombres de los jugadores mediante edición hexadecimal. Los nombres japoneses o mal traducidos eran reemplazados por futbolistas reales del continente.

Otros modificaban las texturas del juego para sustituir uniformes europeos por los de equipos mexicanos. Así fue como, de pronto, el campo virtual comenzó a llenarse de camisetas del Club América, Club Deportivo Guadalajara, Cruz Azul o Pumas UNAM.

Era un proceso colectivo, distribuido entre aficionados de distintos países. Argentina, Chile, Brasil y México desarrollaron comunidades enteras dedicadas a modificar el juego. Para nosotros, sin embargo, el resultado simplemente aparecía en el puesto del tianguis como si fuera magia.

Pero quizá el más sorprendente era aquel que anunciaba algo que hoy parece casi imposible para la tecnología de la época: Winning Eleven con narración en español. Recuerdo perfectamente la primera vez que escuché dentro del juego frases de narradores mexicanos: era como si el videojuego hubiera sido fabricado específicamente para nosotros, e incluso algunos, hasta los canticos de las porras traía como sonido de fondo.

En México, aquello generó algo muy importante: un sentimiento de pertenencia. Jugar un clásico entre América y Guadalajara dentro de un videojuego japonés nos hacía sentir que el juego también era nuestro. De alguna manera, esos discos piratas funcionaban como una especie de traducción cultural.

Con la llegada de nuevas consolas y sistemas de seguridad más complejos, aquella práctica comenzó a desaparecer. Las modificaciones dejaron de circular en discos físicos y migraron a formatos digitales. Pero quienes crecimos en esos años sabemos que hubo una época irrepetible en la que los videojuegos se descubrían caminando entre puestos de mercado, revisando portadas improvisadas y escuchando a alguien decir una frase que todavía hoy despierta nostalgia: es el Winning Eleven de la liga mexicana.

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