
Actualmente estoy jugando Dragon Quest 11, pero como es un juego tan absurdamente largo, de repente me gusta darme la oportunidad de probar experiencias cortitas que me permitan retomar con redoblado entusiasmo la historia de Luminario. Así que este fin de semana, aprovechando que solo costaba 200 pesitos en la Nintendo Store, me di la oportunidad de comprar Animal Well: ahora no sé cuándo regresaré a Erdrea, pues el juego de Billy Basso es absurdamente adictivo y ha capturado completamente mi atención.
Un juego que es como un sueño (o una pesadilla) con gameplay
Animal Well no tiene una historia, o si la tiene, opera desde un nivel tan estrictamente simbólico que resulta complicado determinar dónde termina lo que el juego realmente quiere contar y dónde comienza lo que nosotros estamos proyectando sobre él. Hay imágenes, criaturas, lugares y acontecimientos que parecen estar ahí por una razón, pero el juego jamás se molesta en explicártela.
Jugarlo se siente como tener un sueño extraño que recuerdas perfectamente al despertar, aunque no tengas la menor idea de qué demonios significaba. En ese sentido, me ha provocado una sensación muy similar a la que te pueden dejar las películas de David Lynch: sé que estoy viendo algo deliberadamente críptico, sé que probablemente hay piezas que no estoy entendiendo y, aun así, no puedo dejar de mirar.
En esencia, estamos ante un metroidvania en el que controlamos a una pequeña criatura que despierta en las profundidades de un mundo subterráneo y tiene que explorar un enorme laberinto lleno de animales, trampas y secretos. No hay una voz que nos diga hacia dónde ir ni una lista de objetivos: la experiencia consiste en observar el entorno, experimentar con él y descubrir qué podemos hacer con las herramientas que vamos encontrando.
Algo que me voló la cabeza es que Animal Well está desbordado de contenido, pero no en el sentido moderno de que siempre tengas algo que consumir. Todo lo contrario: aquí el contenido está escondido. Billy Basso sembró secretos prácticamente por todas partes, colocó detalles que pueden pasar completamente desapercibidos y diseñó sistemas cuya existencia probablemente jamás descubrirás si simplemente te limitas a terminar la aventura. Es como si hubiera construido una segunda capa del juego exclusivamente para los jugadores más clavados.
En lo que respecta al apartado artístico, terminé completamente cautivado. Animal Well utiliza una estética pixel art neón y minimalista. Los escenarios son oscuros, los colores están cuidadosamente empleados y cada criatura tiene una presencia muy particular, desde los animales aparentemente inofensivos hasta esas cosas que aparecen en algún rincón y te hacen preguntarte qué demonios te acabas de encontrar.
Pero creo que fue la manera en que lo jugué lo que terminó de venderme la experiencia: jugué Animal Well durante una madrugada, con la casa sumida en silencio y el brillo de la pantalla de mi Switch Lite al cien. En esas condiciones, con prácticamente ninguna distracción alrededor, terminé absorbiendo el juego como un poseso. Cada sonido, cada animal, cada habitación parecían tener un peso diferente. Probablemente el juego no necesite que lo juegues a esas horas para funcionar, pero hacerlo de esa manera consiguió que su atmósfera se me metiera hasta los huesos.
Actualmente, ya terminé Animal Well y llevo aproximadamente 30 horas dentro de este pequeño y extraño mundo. He encontrado 52 huevos y, lejos de sentir que ya tuve suficiente, sigo completamente clavado con todo lo que Basso puso dentro de él.
No sé cuánto tiempo más me llevará descubrir todo lo que queda, ni si realmente existe un punto en el que pueda decir que lo "terminé", pero sí tengo algo claro: no pienso dejar Animal Well hasta haber exprimido cada rincón, cada acertijo y cada maldita rareza que tenga para mí. Y, por apenas 200 pesitos en la Nintendo Store, creo que difícilmente podía haber encontrado un mejor juego.
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